Tanto y tan de todo tiene Sicilia que más que una isla se diría que es un continente. Empezando por una manera propia de ver el mundo y una cocina sabrosísima; siguiendo por su patrimonio griego, romano, normando, renacentista y barroco; y acabando por la variedad de su relieve, que culmina en un volcán que despierta cuando menos se espera.

Palermo, la capital, es el punto de partida para recorrer la isla no solo por sus conexiones aéreas, sino también por sus decenas de palacios, oratorios, villas, iglesias y plazas espléndidas. Tiene un aire decrépito que acompaña la leyenda de un pasado glorioso, cuyo mejor ejemplo es el Palacio de los Normandos, iniciado en el siglo IX bajo influencias árabes y bizantinas, y su Capilla Palatina, cubierta de azulejos esmaltados. Quizás lo más recomendable sea, una vez cumplida esta visita, recorrer las calles lentamente para entrar en iglesias y palacios barrocos según marquen los pasos. Como la iglesia de San Giovanni degli Eremiti, de volúmenes orientales y un claustro delicado, y los magníficos templos normandos de La Martorana, que conserva mosaicos bizantinos, y San Cataldo, de cúpulas rojizas.

Sorpresas del noroeste

Antes de enfilar el camino hacia el sur, conviene hacer dos incursiones de distinto objetivo. La primera es de corte artístico para conocer, a menos de diez kilómetros, el conjunto monumental de Monreale (catedral, abadía y palacio), comenzado a finales del siglo XII. El exterior, con una superposición de estilos, da paso a un interior recubierto de mosaicos y a un claustro de inspiración árabe con tal poder de seducción que casi resulta imposible de abandonar.

La segunda incursión implica desviarse unos 80 kilómetros para disfrutar de San Vito lo Capo. Este pueblo tiene una bahía de pura fantasía con arenas blancas y aguas cristalinas de color cambiante, bordeada además por las alturas rocosas del peñón Cofano; es muy frecuentada por los sicilianos en verano, pero desierta y evocadora en invierno.

Justo antes de entrar en la autopista se puede contemplar el templo de Segesta, el único resto de la antigua ciudad. Solitario e imponente, se alza en medio de colinas presidiendo el valle. En una hora y pico de buena carretera en dirección sur se llega a otro vestigio de leyenda: Selinunte, un poderoso enclave bajo la dominación griega. Fundada en el siglo vii a.C. y destruida por Cartago el año 409 a.C., la enorme dimensión de su recinto arqueológico da una idea de su importancia. Al pasear entre sus columnas y muros derruidos, resulta emocionante dedicarse a recomponer en la mente la acrópolis, los templos y las calles de la ciudad que existió hace 2.500 años.

Al Valle de los Templos

Para regresar a la realidad, nada mejor que sentarse frente a un siciliano plato de pasta con sardinas frescas. Se llega así con renovadas energías a Agrigento, cien kilómetros al sudeste, a través de mares de almendros en flor, huertas y vislumbres del Mediterráneo. El Valle de los Templos es el conjunto más magnífico de toda Sicilia. La fundación de la colonia griega data del siglo VI a.C. y hoy, a comienzos del XXI, siete templos dóricos siguen dominando el valle que se extiende hasta la orilla del mar. Es una delicia pasear entre las ruinas al atardecer, con los templos teñidos de un rosa intenso. El pequeño hotel situado dentro del recinto arqueológico es un privilegiado balcón para contemplar hasta el éxtasis las milenarias piedras de Agrigento.

El itinerario sigue la carretera del sur para alcanzar, ya en la costa oeste, la bellísima Siracusa. En el camino, los adictos al arte romano deben tomar un desvío de unos 50 kilómetros para llegar a Piazza Armerina y acercarse a la villa romana de Casale. De esta soberbia mansión de fines del siglo III o inicios del IV se conservan, además de las termas, algunos de los mosaicos romanos más valiosos del mundo. Mantenidos tal como fueron hallados, hoy se visitan desde pasarelas que permiten admirarlos sin pisarlos.

El barroco es el protagonista de la próxima etapa del viaje al alcanzar las ciudades de Ragusa y Noto, distantes entre sí unos cien kilómetros. Hay quienes prefieren la primera, otros la segunda, pero no hay por qué decidirse, ambas son apabullantes y desprenden la atmósfera del siglo XVIII en sus calles en cuesta, su urbanismo apretado, sus palacios y sus iglesias de fachadas curvas y largas escalinatas. Además, en ambas se come platos de cocina tradicional en los que intervienen tanto la pasta como las berenjenas, el tomate o las sardinas acompañados de vino de la isla.

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La amurallada Ortigia

Siracusa, a una hora más o menos de Noto, es todo un descubrimiento. Porque está la Siracusa de tierra firme, la del Parque Arqueológico de Neápolis, el Museo Arqueológico y las Catacumbas de San Giovanni. Pero está también Ortigia, la isla unida por un puente a la costa, citada por Virgilio en La Eneida, habitada desde hace miles de años, amurallada una y otra vez por sucesivos dominadores y que hoy exhibe casi restaurados todos sus palacios, iglesias y conventos.

Después de Siracusa hay que pasar por Catania, la ciudad donde nació Vincenzo Bellini (1801-1835), el compositor de ópera a quien todo siciliano rinde veneración. Segunda ciudad de Sicilia y puerto activo, invita a darse una vuelta por la Piazza del Duomo, entrar en alguna iglesia, vivir de cerca el alboroto del mercado de pescado y probar en uno de los muchos restaurantes sus especialidades marineras.

Taormina, tras otra hora de carretera, constituye el fin del itinerario por la costa. Descubierta para el turismo por los ingleses y alemanes del Grand Tour –el viaje por Europa que realizaban los aristócratas de los siglos XVIII y XIX–, conserva el encanto de su ubicación, colgada sobre una ladera montañosa, y de sus edificios medievales y renacentistas. Pero, sobre todo, lo que más la distingue es su teatro griego y el magnífico fondo que se abre tras el escenario: la silueta del monte Etna (3.350 m).

El volcán que no duerme

Acercarse poco a poco al Etna devuelve la paz perdida en las bulliciosas calles de Taormina. Con 3.200 metros de altitud, es el volcán más activo de Europa y, por lo visto, también el menos temido. Desde la antigüedad las poblaciones cercanas han aprovechado la fertilidad de sus tierras y, tras cada erupción han regresado a establecerse a su sombra. Los accesos al monte están controlados y la última parte del ascenso a la cumbre así como a sus varios cráteres está restringido al público. De noche, los ríos de lava refulgen y desde cualquier punto de esta costa, desde Taormina o desde las localidades más próximas como Pedara, Nicolasi, Linguaglossa, Paternò o Adrano se ve su perfil hipnótico y se siente su energía milenaria.

Una cresta volcánica

Fuente: National Geographic